sábado, 9 de mayo de 2020

¿Cordura o Locura?

"Ni mires pa' el horizonte que allá solo van los locos" nos dicen.
Cuando los locos se enamoran, les encantan regar las flores
y contarles sus historias de amor,
y acariciarlas sin importar sus espinas.
Cuando los cuerdos se enamoran,
les gustan cortar las flores,
venderlas a los ricos
y pisotearlas si son rechazados.
Entonces:
¿Amamos con cordura o amamos con locura?

lunes, 30 de marzo de 2020

Enséñame lo que estoy buscando

Enséñame lo que estoy buscando,
porque no encuentro el horizonte.
Veo sólo una línea en el fondo del paisaje donde duerme un sol sin gracia,
Un sendero que me invita a gastar la suela de mis últimos zapatos,
Una canción que se reproduce hasta el minuto nueve,
Y una lágrima que nace,
Crece,
Se reproduce,
Pero no se muere.

Enséñame lo que estoy buscando,
porque he arrancado el volante de este barco.
He construido un remo con mis costillas,
y he agotado todos mis recursos:
Ninguno ha funcionado.
Solo me queda una brújula atorada en el pecho,
Que me guía hacia un norte que no existe
Los polos magnéticos han cambiado,
el cambio climático persiste:
Todo cambia,
Todo se transforma,
Todos buscan su lugar en el mapa,
Yo solo encuentro el mismo lugar triste.

Enséñame lo que estoy buscando,
porque enseñar es un arte infravalorado.
Los maestros agarran de la mano a los que juraban ser mancos,
Y le esculpen un volante,
Lo colocan en el barco,
Le arreglan las costillas,
Los guían fuera del charco.

Tal vez debería dejar de buscar...
Y dedicarme a enseñar.
Es una profesión muy noble ser el guía de los que buscan cambiar.

Tal vez empiece por apagar el celular
Y dejar de postear,
Aprender a rimar distinto,
Caminar al ritmo de mi instinto.

Enséñame lo que estoy buscando,
y encontraré el lugar al que pertenezco:
Lejos del internet.
Donde no pueda ver más tu nombre,
Dejar de compartir los memes que compartes,
Reír con los vídeos que reíste,
Y darle like a tus fotos
Pero
No
Puedo.

martes, 28 de febrero de 2017

Beber y Amar: Historias en el Cusco

Solamente quería escribir esa noche. Había comprado una botella de fernet vittone para matar el aburrimiento sea como sea, las noches en Salta no eran la gran cosa y tenía que empezar con algo, así que empecé con la botella. No sabes qué hacer cuando se te sube la nostalgia (creo que ya lo he dicho antes), esa maldita nostalgia que aparece repentinamente y no sabes como apagarla, esta ahí como ese diablito en tu hombro derecho o el angelito en el izquierdo, recordándote lo que realmente eres o quieres hacer, luego estas tú, ese pobre hombre que tiene que sufrir la vieja presión de saber a quién escuchar. Las penas parecen tomar alguna clase de natación, por más que intenté ahogarlas, ellas supieron nadar primero.
La verdad no había nada más que hacer cuando no tienes con quien hablar y a dónde ir. Sólo pensar, pensar, recordar y recordar... Todo lo que ha sido y sucedido; al fin y a cabo eso vivimos cuando somos viejos, de puros recuerdos, y yo el alma ya la tenía envejecida.

Entonces recordé aquellos días en Cusco, en los cuales la única preocupación del momento era sacar dinero para pagar el hospedaje, comer, tirar y ser felices. Y lo éramos.
Hacíamos música para ganar la vida, en donde sea, pero como la ciudad ya estaba cansada de tanto músico hippie, decidimos trabajar en un bar como jaladores. No hacíamos gran cosa, solo disimular que hablábamos con los hombres para que entren al bar a mandarse unos tragos e ilusionarse con la idea de que alguna gringa les preste la más mínima atención. Nos desocupábamos a las 2 de la mañana, la hora perfecta para recién comenzar el día. Íbamos de disco en disco, buscando cócteles de cortesía y engañando a los dioses, nada nos podía detener. Éramos los reyes de todas las noches, bailando, haciendo cháchara y besuqueándonos hasta que salía el sol y el dj colocaba el himno nacional del Perú. Entonces comenzaba la peregrinación al cuarto. Por las calles del Cusco, apoyándonos el uno al otro sobre los hombros, atravesando en tambaleos la plaza de armas, de San Francisco y de San Pedro, riéndonos de cómo el gringo del centro de la pista comenzaba a desnudarse mientras todo el mundo en júbilo gritaba a incitarlo, o planeando la mezcla de la próxima noche para continuar con nuestras fantasías.
Aquellos rayos del sol de la mañana, eran los únicos que veíamos dentro de las 24 horas.
El cuarto no era más que la escena de alguna película porno. Apenas prendíamos con llave la puerta y dejábamos que la gravedad de nuestros cuerpos -e instintos- hicieran con lo suyo sobre la cama. No era cualquier cosa, de verdad era hacer el amor.

El cansancio no era más que un estado mental, que podías controlar más que algún monje budista arrodillado en una cama de púas. Entonces era el primer round, el segundo, el tercero, o los que fueran: de perrito, de cangrejo, sentados, parados, de cabeza, lo que salga. Mi parte favorita era el final de la ceremonia, justo después del éxtasis cuando nos quedábamos tumbados el uno sobre el otro. Si lo habíamos hecho de perrito, era yo encima de ella; sentado, era ella encima mío. Entonces ahí terminábamos tirados, jadeando, repartiendo los últimos besos del acto en el cuello, en la espalda, en la boca; a veces nuestros labios ya no chocaban con el beso, era una ligera distancia en la cual se besaban sólo nuestros alientos. La serotonina hacía el resto del trabajo en nuestra sangre cuando estábamos tumbados, aquella sensación era de la más hermosa, y era más hermosa aún cuando era con ella. Nos mirábamos a los ojos (aún jadeando) viendo la belleza más que de nuestros cuerpos desnudos, la de nuestras almas. Luego aparecía suavemente una mano mía salvaje, que la peinaba de los cabellos caídos sobre su cara, luego bajaba acariciando los hombros, la espalda, la cadera, y volvía a subir por el mismo tramo hasta sostener su barbilla y acabar con un último beso. Ella sólo sonreía.
 Nos quedábamos dormidos, todo empiernados. Soñábamos que se repetían los días, porque aquellos días parecían un sueño.

Cuando nos levantábamos, concluíamos con lo que habíamos dejado inconcluso la noche -o mañana?- anterior. Sólo el hambre era la única motivación para salir de aquel cuarto de 17 nuevos soles. El lugar era una pestilencia, daba igual, para nosotros cualquier colchón era un paraíso.
Entonces la ropa del suelo volvía a su lugar sobre el cuerpo, las luces se prendían (de nuevo todo era oscuro), y salíamos a buscar nuestro comedor favorito para el almuerzo (cena a decir verdad). Sopa de Sémola, Cau Cau de Pollo y mate de coca, nuestra dieta con toda la base piramidal alimenticia a sólo 3 soles.
Todo un banquete. ¿En qué otro rincón más del mundo podrías alimentarte tan bien y delicioso a tan solo miserias de dólar? (Háganme saber, y tendrán otra nueva historia).
Recién al raspar las últimas sobras del plato mirábamos la hora: 6 y 45. Mierda, hace 15 minutos ya deberíamos estar jodiendo a la gente suplicándolos a que prueben los carísimos tragos del bar. Entonces salíamos corriendo, o trotando, o caminando, o ya al carajo todo... Al final no importaba nada, igual siempre nos terminaban despidiendo. La única parte fea era aguantar 6 horas socializando con cualquier pendejo por 40 soles (a veces 30). Y la única oportunidad de entablar 'amistad' con otros jaladores, donde conseguíamos otros tragos de cortesía, donde otra vez salíamos a bailar en otra discoteca con otra gente, hasta que el ciclo se repetía brillantemente, de otra manera.

No, no hay final en este cuento, mejor dicho, no quiero escribir un punto final. La historia siempre se vive escribiendo, el destino es quien lleva la pluma. Pero quiero dejar ese recuerdo ahí, intacto, guardada con llave en una caja fuerte en mi memoria, es bello recodar, realmente hermoso, no hay lugar para historias malas cuando tienes muchas para sonreír.

Habían unos chilenos –sigo recordando–, una pareja de chilenos tan idénticos a nosotros, eran como nuestro alter ego, juntos salimos a tomar, a conversar, a bailar, a compartir modas juveniles y detracciones adultas, todo en pareja, no creíamos que cruzando fronteras encontráramos nuestros casi gemelos. ¿A qué va esto? (me queda sólo un vaso) -que triste-. Nunca les contamos pero nos vimos reflejados en ellos. Y más que cualquier otra cosa, verlos me recordaban a un relato de Galeano. Nos sentíamos como ellos y ellos eran nosotros.

“Habían perdido todo y se habían vuelto a pie y absolutamente felices por la hermosura de los animales y la emoción de las carreras, y porque ellos también eran jóvenes y hermosos y capaces de todo. Ahora mismo, me dijo, me muero de ganas de salir a la calle, tocar la trompeta, abrazar a la gente, gritar que lo quiero y que nacer es una suerte.


… Se acabó el fernet.